En Cuba casi todo comienza por Oriente

Más que mera coincidencia geográfica, los amaneceres, junto a un devenir histórico y cultural irrepetible, se develan como consecuencia natural para lugares y gentes del Oriente cubano, siempre primeros en dar la bienvenida al Sol. Indispensable señal de que cada nuevo día invita a continuar la vida. Como también, es por estas latitudes donde empiezan a saludarse los cubanos
y hasta a los desconocidos- más temprano que en otras partes del país, donde toda una rareza sería caminar algunos pasos, por cualquier calle o camino, y no recibir expresiones y gestos con familiar sinonimia de cordialidad.

Más que mera coincidencia geográfica, los amaneceres, junto a un devenir histórico y cultural irrepetible, se develan como consecuencia natural para lugares y gentes del Oriente cubano, siempre primeros en dar la bienvenida al Sol. Indispensable señal de que cada nuevo día invita a continuar la vida. Como también, es por estas latitudes donde empiezan a saludarse los cubanos y hasta a los desconocidos más temprano que en otras partes del país, donde toda una rareza sería caminar algunos pasos, por cualquier calle o camino, y no recibir expresiones y gestos con familiar sinonimia de cordialidad.

Crisol de una nacionalidad Región pródiga en orígenes, desde tiempos prehispánicos se mostró como tierra fertilizada con su vocación por la hospitalidad. A sus costas arribaron grupos aborígenes procedentes de Sudamérica, contribuyendo a erigir el casabe como pan del Nuevo Mundo, a la vez que dieron nuevos colores a Las Antillas. Una larga sucesión de acontecimientos comenzaron a ocurrir, sin apenas haber finalizado el Medioevo en la universalidad.

El controvertido “descubrimiento” o mejor dicho, cuando los europeos se dieron por enterados que esta Isla Grande ya existía— ocurre en las costas de Bariay (actual territorio de Holguín), en 1492. Con toda justeza, el apelativo de Ciudad Primada corresponde a la primera villa y primer arzobispado de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, fundada por Diego Velázquez en 1511, seguida de San Salvador de Bayamo, en 1513.

Continuaron los conquistadores con sus afanes fundacionales camino hacia el Centro de la recién estrenada colonia y así se sumaron Trinidad, Camagüey y Sancti Spíritus. Pero, como si se les hubiera olvidado algo que bien merecía retomar el avanzado derrotero que ya rebasaba algunos años y centenares de leguas, volvieron atrás, en 1515, con tal que a las nuevas tierras no les faltara un Santiago, como parte del extrapolado santoral. Sin dudas, algo especial atrajo a los conquistadores en estos lares. Además de villa, fue Santiago de Cuba la primera capital hasta 1556, a la vez que primera ciudad cosmopolita.

Encarnizadas batallas contra el sometimiento hispánico protagonizaron los indios siboneyes y caribes, dirigidos por sus propios caudillos emancipadores, como el quisqueyano Hatuey, reconocido honoríficamente como Primer Rebelde de América y que fuera quemado en una hoguera por los conquistadores españoles en la localidad de Veguitas de Yara (hoy perteneciente a la provincia de Granma), en 1512. La rebelión de esclavos de las minas de El Cobre, Santiago de Cuba, el 24 de julio de 1731, permitió que estos lograran su liberación, con casi un siglo de anterioridad a que se promulgara la abolición de la esclavitud. El hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona católica de Cuba, tiene lugar en la Bahía de Nipe (hoy zona costera de Holguín) entre 1612 y 1613; que posteriormente, en 1648, fue trasladada y ubicada en su actual y definitiva basílica de Santiago de Cuba.

La impronta francesa en Cuba tuvo como entrada principal su zona sur-oriental, dada la cercanía geográfica de la otrora ínsula de La Española, con posterioridad llamada Saint Domingue y finalmente devenida Haití, al igual que por la facilidad del acceso marítimo a través del Paso de los Vientos. La revolución liderada durante 1791 a 1804 por los próceres afro-descendientes
François Dominique Toussaint-Louverture y Jean-Jacques Dessalines, provocó un significativo éxodo de colonos franceses, quienes trajeron consigo y promovieron extensivamente el cultivo y la industria cafetalera en la Isla Grande, donde comenzó a consolidarse en los comienzos del siglo XIX.

La irrupción de la gastronomía francesa fue como la aparición, en persona, de alguien que llegó para enraizarse en lo criollo. Se ha dicho que en las comidas, también se introdujo el gusto francés, utilizándose en ellas las especias, las salsas y las setas, cultivándose por los propios colonos, al igual que la adaptación a nuestro suelo de la canela y la pimienta. Las comidas sirvieron de motivo para fiestas y recepciones en las que se recitaba, se cantaba, se tocaba guitarra y se discutía más sobre libros e ideas que sobre transacciones mercantiles.

La presencia gala también marcó pautas en las artes: las orquestas del país y los bailadores de salón no tardaron en asimilar los valses, las contradanzas y los minuets, con los inevitables componentes de sonoridad, cadencia y gestualidad criollas. Tildada de asociación secreta, cuando en realidad constituye una fraternidad, ante todo, discreta, fue la masonería baluarte silencioso
que agrupó a una interminable lista de patriotas y luchadores por la dignidad cubana. Hechos inscriptos en una nacionalidad a todas luces formada, con la misma tinta indeleble que la ilustración y la virtud, desde hace poco menos de dos siglos.

También se afirma que fue a los franceses a quienes se debió la introducción de la masonería entre nosotros, fundándose las primeras logias en Santiago de Cuba, con los nombres de Perseverance y La Concorde, propagándose su espíritu liberal y revolucionario que tanta influencia había de ejercer en todo el siglo XIX. (…) La logia que radicó en Santiago de Cuba con el nombre de Temple des Virtus Theologales (o Templo de las Virtudes Teologales), y donde se reunían los franceses-criollos, celebrando sus ritos en su propio idioma y manteniendo vivo el espíritu y las tradiciones de la patria lejana.

Al arrojo de los orientales también se debe el inicio de las gestas patrióticas de 1868 y 1895, así como las primeras acciones militares que conducirían al triunfo revolucionario de 1959: el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, el desembarco de los expedicionarios del yate Granma y el 2 de diciembre de 1956, unidas a la lucha clandestina en zonas rurales y urbanas, así como a la guerra necesaria que tuvo como escenario desencadenante el macizo montañoso de la Sierra Maestra. Las columnas invasoras libertarias de 1895 y 1958, igualmente tuvieron su punto de partida en Oriente.

Primacía en la música El son, que de acuerdo a musicólogos, estudiosos y cuánto cubano tenga buen sentido de la melodía que le pertenece, aseguran que nació en Oriente. Entre las máximas figuras que lo cultivaron y dignificaron, se encuentra el antológico Trío Matamoros, integrado por esos imprescindibles del patrimonio musical cubano Ciro, Cueto y Miguel. La versatilidad de sus composiciones e interpretaciones constituyen fieles testimonios, recogidos en notas y pentagramas, de la sociedad, la historia y el costumbrismo de toda una época transcurrida durante las décadas intermedias del siglo XX cubano.

Del son, devino la salsa. Fue como una bien intencionada “caribeñización” de un género originariamente nacional, con bien ganado pasaporte para deleitar a todo un planeta. Producto legitimado por una nacionalidad que tiene en la música y el baile dos de sus componentes esenciales, semejante denominación no podía concebirse como ajena a las preferencias de los cubanos, en asuntos del gusto. Y así fue bautizada, homónimamente, cual ese alimento infaltable en el paladar criollo.

La trova tradicional, por su parte, también tuvo su simiente en esta zona oriental, fertilizada y difundida hacia el Oeste a manos de los nuevos talentos que la abrazaron y la convirtieron en algo más abarcadoramente regional, a la vez que universal.

Santiago resulta la más caribeña de nuestras ciudades En realidad, antes de aquellos prodigiosos años 60 y  70 del pasado siglo, ¿conocíamos nuestro Caribe? Recordemos, entonces, algunas realidades. Como señales culturales de las naciones caribeñas, apenas llegaban los acordes del jamaiquino calypso, más bien a través de las grabaciones del afamado afro descendiente norteamericano Harry Belafonte, además del muy dominicano ritmo merengue, con su campechana investidura original de perico ripia´o. Y, por suerte, el clamor de la venezolanísima Alma llanera, jamás nos resultó ajeno.

El siguiente fragmento ofrece una acertada definición, tanto del contexto geográfico como cultural, de esta región tropical: El mar Caribe está comprendido entre el arco formado por las Islas Antillanas, las costas continentales de América del Sur, la América Central y la península de Yucatán. Su concepto geográfico es variable, según estudiosos. Algunos excluyen al golfo de México.
Es usual llamarlo el Mediterráneo Americano. (O los Balcanes del Trópico). Como contexto cultural, en la América insular caribeña se juntan y yuxtaponen las más complejas influencias latino-afro-anglo-sajona y asiáticas. Ninguna otra área del Nuevo Mundo fue escenario de choques tan disímiles y mutuas transculturaciones. El término West Indies Islands, empleado por los geógrafos
de habla inglesa, pierde terreno en la nomenclatura de los países progresistas por su connotación peyorativa.

El necesario acercamiento, finalmente, tuvo sus primeras luces con la celebración del CARIFESTA (acrónimo de Caribeean Festival of Arts) o Festival de Artes del Caribe. Este evento multicultural es realizado periódicamente por los países del CARICOM y del Caribe. Reúne escritores, artistas, músicos y exhibe manifestaciones folclóricas y culturales de la región. La primera edición
se realizó en Georgetown, Guyana, en 1972, con similar sentido que el Festival de Artes del Caribe que en 1952 se celebrara en Puerto Rico. Tuvo por sede a Cuba, en 1979.

Y con posterioridad, el Festival del Caribe o Fiesta del Fuego, comenzó a celebrarse en Santiago de Cuba, ininterrumpidamente, desde 1981. Evento internacional artístico, académico y de espacios comunitarios, como verdadera fiesta que exalta las raíces más auténticas de la espiritualidad del cubano, como ente caribeño. Desde sus comienzos contó con la participación de importantes
intelectuales del Caribe hispano parlante, de lengua inglesa y francófono. A Joel James Figarola (1942-2006), habanero de cuna y santiaguero de convicción, se debe un sostenido impulso y la indeclinable pujanza de esta identificación regional. Fue fundador y presidente de la Casa del Caribe, con sede en esta oriental ciudad.

No obstante, en Cuba han sido notorias las influencias culturales caribeñas, aún sin existir vías oficializadas para este intercambio. Tal es el ejemplo de La Tumba francesa La Caridad de Oriente, es un espacio musical y danzario, originado en las regiones más orientales. Resultado de la fuerte impronta franco-haitiana en esta zona de la Isla, fue fundado el 24 de febrero de 1862 y declarado por la UNESCO, en su sede de París, como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, el 7 de noviembre de 2003. Este movimiento cultural también se encuentra en la provincia de Guantánamo, con el nombre de Tumba Francesa Santa Catalina de Ricci o Pompadour; y en Holguín, como la Tumba Francesa Bejuco.

Asimismo, el culto por el Vodú y las corrientes de rastafarismo, con sus inevitables adaptaciones vernáculas. Y en mayor medida, contribuyeron decisivamente a ampliar el diapasón por el gusto musical cubano los acordes del reggae, del merengue de nuevo tipo, de la bachata y de la cumbia, sumándonos a la aclamación de verdaderos íconos de contagiosas melodías como Bob Marley, Dany Rivera, Oscar D´León, Johnny Ventura, Juan Luis Guerra, Gilberto Santa Rosa y Olga Tañón, entre muchos otros. La presencia de una steel band (tambores de acero) en la localidad de El Cobre, patentiza otra muestra de asimilación espontánea de esta singular tipología de agrupación musical popular, venida de Trinidad-Tobago y otros pueblos del Caribe hermano.

*Funcionario del Mintur