Presencia italiana en Cuba

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Ciao, ciao, bambina, un bacio ancora e poi per sempre ti perderò
(Fragmento de Piove Doménico Mondugno, 1959)

Amiga con presencia multiplicada en lugares y momentos, es poco probable andar por Cuba sin que de tramo en tramo, algo o alguien nos recuerde lo afortunado de tenerte por aquí. Permíteme, entonces, repasar memorias y visualidad para que otros sepan por qué te encuentras entre nosotros.
Las piedras, en su condición de modo moderno para nombrar lo más tangible de la historia con presencia ancestral, se mantienen, sin permitir el cansancio de contemplarlas, donde mismo las erigieran talento y manos de italianos. Fue entre los siglos XVI y XVII que la historia reconociera el protagonismo del ingeniero militar Baptista Antonelli, en la construcción de dos de las más impresionantes fortalezas costeras de la Isla: el Castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro, a la entrada del puerto de La Habana, y el Castillo de San Pedro de la Roca, en la bahía de Santiago de Cuba. Ambas fortifi caciones, contextualizadas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
Aunque de polémica certidumbre historiográfica, cuenta el Occidente cubano con una localidad nombrada Mantua, homónima de una antigua provincia romana, donde se venera a Nuestra Señora de las Nieves, cuyo arribo a la mayor de Las Antillas se atribuye a unos navegantes italianos que llegaron a Los Arroyos de Mantua, en los primeros años del siglo XVII. Los cierto es que, como planteara Mayra García Cardentey, en la versión digital del diario Juventud Rebelde, de fecha 16 de enero de 2014, “la presencia de apellidos como Ferrari, Zaballo, Pesana, Fiallo, Pitaluga, Rizzo, Cosme, sustentan la leyenda… o la historia:”
Las obras escultóricas, tanto del período colonial como de la república mediatizada, son fieles exponentes de los cánones estéticos y los intereses de las clases dominantes, dado en el empleo de los mármoles de Carrara y factura a la usanza europea. Así, encontramos La Fuente de la India o de La Noble Habana, erigida desde 1837 por el italiano Giuseppe Gaggini, al igual que la estatua de José Martí, obra del genovés Carlo Nicolini Manfredi, en la Plaza de Armas de Cienfuegos, entre otras imponentes obras de la estatuaria, a manos de italianos en la Isla.
En el pensamiento de héroe nacional cubano José Martí, lugar destacado ocupa la fi gura de un insigne luchador italiano, que visitara La Habana en la década de 1850: “De una patria, como de una madre, nacen los hombres. La libertad, madre de la raza humana, tuvo un hij o:.. y fue Giuseppe Garibaldi”.
En la segunda década del siglo XIX, junto con los aires románticos, llega la ópera italiana capitaneada por Rossini: en 1817 los habaneros conocen La italiana en Argel. En 1834, el Ayuntamiento de La Habana contrata la primera compañía auténticamente italiana. Actúan en los teatros Principal y Diorama entre enero de ese año y julio de 1836. Y en 1838, para la inauguración del Teatro Tacón, grandes hacendados y comerciantes adquieren palcos para aplaudir, no las partituras de Donizetti, Bellini y Verdi, sino a las grandes divas que cobran cifras fabulosas por encabezar los elencos.
El interés se polariza muy rápido hacia este modo de hacer musical: las bandas militares tocan fantasías de ópera, los aficionados al canto en las sociedades filarmónicas de La Habana, Santiago de Cuba y Puerto Príncipe, llenan sus estantes de partituras italianas, conseguidas, a veces, en el mismo año del estreno en Europa. Para la inauguración del Teatro Principal de Camagüey se escoge Norma, de Bellini. Y una década después, para homenajear a la insigne poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, se organiza una velada, encabezada por Amalia Simoni, que concluye con el tercer acto de Hernani, de Verdi.
El placer de tararear o silbar un aria de Verdi o Puccini pasó a formar parte del costumbrismo refi nado de los cubanos, por encima de cualquier otra pieza hispana o la par de un incipiente pero bien delineado acervo musical criollo.
A comienzos de 1920, el empresario Adolfo Bracale hizo realidad ese sueño y contrató al famoso Enrico Caruso, pagándole la cuantiosa suma de 90, 000 dólares por nueve presentaciones en el Teatro Nacional de Cuba. Era la cifra más alta que había recibido, hasta entonces, un cantante del género operístico. En junio de 1957 visitó La Habana la célebre soprano Renata Tebaldi, donde protagonizó los elencos de tres óperas que la Asociación Pro Arte Musical presentó en el antiguo Auditorium, hoy Teatro Amadeo Roldán.
Nada ausentes de nuestra historia patria han estado los italianos. Baste recordar las fi guras de Federico F. Falco, comandante de sanidad militar, bajo las órdenes del Lugarteniente General Antonio Maceo; y Juan Bautista Spotorno Georovich, coronel del Ejército Libertador durante la Guerra de los Diez Años y presidente interino de la República en Armas, entre junio de 1875 y marzo de 1876. Años más tarde, Gino Doné Paro (Véneto, 1924 – Venecia, 2008), fue uno de los expedicionarios extranjeros del yate Granma. Nunca se interesó por privilegio alguno y siempre mantuvo su apoyo incondicional a la Revolución Cubana, al igual que una prolífera actividad como luchador por las causas justas.
En otras manifestaciones, como la arquitectura y la cinematografía, la influencia italiana también se hizo sentir. Los arquitectos Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, por el diseño de las Escuelas Nacionales de Arte cubanas, construidas en Miramar, La Habana, entre 1961 y 1965, recibieron el Premio de Arquitectura Vittorio de Sicca en 2012, a manos del entonces presidente de Italia, Giorgio Napolitano; y el llamado modernismo biomórfi co, manifestado en el quehacer creativo de Piero Luigi Nervi, estuvo presente en el cubano Mario Girona, cuando concibió el proyecto de la emblemática heladería Coppelia de La Habana. Por su parte, la producción del naciente Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfi ca (ICAIC) estuvo marcada por el neorrealismo italiano y la “nueva ola francesa”, hasta que un grupo de artífi ces del celuloide expresaron nuestras realidades con un discurso estético propio.
Pero, probablemente, la impronta cultural itálica de mayor difusión popular ha estado dada en la música, la fi lmografía y la cocina, venidas de la tierra del Dante. Ya desde mediados del pasado siglo, se insertaron fuertemente en la memoria afectiva de los cubanos piezas musicales imperecederas, tanto en su lengua original como en sus versiones al español y al inglés, destacándose Tres monedas en la fuente (interpretada en la película del mismo nombre por Frank Sinatra), O sole mio, Torna a Surriento, Il torrente, Nel blu dipinto di blu (más conocida como Volare) y Piove (mejor identificada como Ciao, ciao bambina).
Estas dos últimas, acapararon vertiginosamente los hit-parade mundiales, en 1958 y 1959, respectivamente, en la voz de Doménico Modugno. Durante la década del 60 del pasado siglo, interrumpida la presencia en la pantalla grande de las acostumbradas superproducciones norteamericanas, todo un derroche de voluptuosidad latina, de selectos patrones masculinos y de
ocurrentes situaciones, donde simpatía y sensualidad se tomaban de la mano, fueron muy bien recibidos en el universo audiovisual de los cubanos.
Igualmente, las sonoridades que dejaran temporalmente vacantes los blues, el rock y el twist estadounidenses en radios, victrolas y tocadiscos, tuvieron oportunos remplazos en la modernidad musical italiana, que siempre nos recordará la insustituible suerte de haber sido jóvenes.

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