Hechos y Personajes

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Los ideales de “Libertad. Igualdad y Fraternidad” proclamados por la Revolución Francesa, mueven desde temprano el movimiento revolucionario y anticolonialista de la Isla. Numeroso es el grupo de cubanos que, en tiempos de España, encuentra, por sus ideas, refugio en Francia, y lo mismo sucederá bajo la dictadura machadista. El primer condenado a muerte por el delito de infidencia fue un enviado por José bonaparte a subvertir el orden en la colonia.

Ya para entonces, y hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX, París, y no Nueva York, será la meca de la aristocracia y la burguesía cubanas. una noche, en las Tullerías, Napoleón III se arrojará, muerto de amor, a los pies de la cubana Serafina Montalvo, III Condesa de Fernandina. El poeta Saint John-Perse, Premio Nobel de Literatura, tendrá, más acá en el tiempo, relaciones amorosas con una distinguida joven cubana, Lilita Sánchez abreu, a la que dedicará su poema A la extranjera. Lil y el escritor francés se conocieron en 1932 y A la extranjera fue el regalo de despedida que el poeta le hizo cuando, años después, se separaron por última vez, en Washington. Sin embargo, Perse no olvidó nunca a la cubana y todavía en 1953 le hacía llegar este mensaje: “Quisiera que ella sepa que permanecerá para siempre en lo mejor de mí mismo, que ella es mucho de mí mismo, que mi corazón sigue emocionándose cuando pienso en ella, y que el lazo que existe entre nosotros seguirá siendo para mí, quizás contrariamente a lo que ella siente, excepcional hasta mi muerte”.

En la residencia parisina de la cubana María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la muy célebre Condesa de Merlin, que fue amante, se dice, del príncipe Jerónimo Bonaparte, alternan Víctor Hugo y Lamartine, Musset y Rossini. También María Malibrán, la famosa cantante. París es el escenario de los grandes éxitos iniciales de Claudio José brindis de Salas, el Paganini negro, como se le llamó, y allí otro cubano, José White, autor de La bella cubana, llegaría a sustituir a Jean Delphine alard en su cátedra del Conservatorio de París. La pintura moderna comienza en Cuba luego de la estancia parisina de Víctor Manuel, y Alejo Carpentier escribirá en francés relatos surrealistas hasta que siente la necesidad imperiosa de expresar lo americano en su obra. Vagabundos del alba serán en París el pintor Carlos Enríquez y el poeta Félix Pita Rodríguez antes de que lo fuera toda una legión de escritores y artistas cubanos que se deslumbran con Sartre y sus páginas sobre el compromiso intelectual, siguen con simpatía la guerra de liberación argelina y se entusiasman con la Nueva Ola, gente que prefiere el rostro demacrado de Simone Signoret con un cigarrillo colgando de los labios bajo una farola opaca a la inmaculada y saludable Doris Day hablando por un teléfono blanco. Todavía Francia disputa a Cuba la nacionalidad del eminente urólogo Joaquín albarrán.

Lezama Lima, quien conoció como pocos la cultura francesa, no estuvo nunca en Francia. El modernista Julián del Casal, seguidor de baudelaire y Verlaine, invierte en un ansiado viaje a París la exigua fortuna que le lega su padre. Cruza el atlántico, pero no pasa de España. Ha soñado tanto con la capital francesa que teme que la realidad lo desilusione, que su ensueño se desvanezca como el aroma de una flor cogida con la mano. Sin haber visto nunca un original de Moreau, Casal puede llevar al verso, en Mi museo ideal, diez cuadros del francés; una de las mejores colecciones de sonetos que existe en las letras cubanas. José Martí, en cambio, llegará a París al final de su primer destierro, en España, y conocerá a Víctor Hugo. acababa el francés de publicar Mes fils, y la obra es la sensación literaria del momento. Martí se hace de su ejemplar y en su retorno a américa, en la soledad silenciosa del atlántico, lo tonifican, junto al aire de mar, aquellas reflexiones de Hugo sobre la tristeza del proscrito y el placer del sacrificio.

La cocina francesa es uno de los afluentes de la cubana. Restaurantes como Le Vendome, Normandie, Mes Amisy, sobre todo, El Palacio de Cristal, mantuvieron en La Habana, ya en el siglo XX, las glorias de la cocina francesa. Pese a que los cocineros extranjeros eran excepción en las casas cubanas, el millonario Oscar Cintas tuvo un chef francés en su residencia habanera para que atendiera su mesa en los tres o cuatro días que cada año pasaba en Cuba. También lo tuvo agustín batista González de Mendoza.

En 1949, el dueño de The Trust Company of Cuba, considerada una de las quinientas entidades bancarias más importantes del mundo, trajo de Francia a Sylvain brouté, quien había trabajado para celebridades como los Rothschild, la Princesa de la Tour D’ auvergue, el Conde de Vianne y Jacques Guerlain. Con el tiempo, brouté rescindió su contrato con el matrimonio batista-Falla bonet y abrió su propio negocio, Sylvain Patisserie, repostería y buffet de comida fina francesa que, ya muerto su fundador, daría origen a una exitosa cadena
de establecimientos de pan y dulces.

Napoleón tiene su palacio en La Habana. Es, en su tipo, el más importante museo que existe fuera de Francia. Nunca estuvo el Emperador en Cuba; sí el Duque de Orleáns, futuro rey de Francia con el nombre de Luis Felipe I. Llegó en compañía de sus hermanos, el Duque de Montpensier y el Conde beaujolais. La visita de los príncipes de Orleáns fue un acontecimiento
social. La Condesa de Jibacoa, su principal anfitriona, puso su casa a disposición de los franceses, pagó sus gastos y dio a Luis Felipe, a su salida de Cuba, una bolsa con mil onzas de oro. Muy generoso fue, asimismo, don Martín aróstegui y Herrera, quien suministró a los príncipes en calidad de préstamo una bonita suma de dinero, cuya devolución se negó a aceptar. Se dice que Luis Felipe se dirigía a él como Mon Cher Martín y que le envió de regalo el retrato de su madre, la reina Luisa de bourbon-Penthiévre, dibujado por David, cuando
en 1838, el Príncipe de Joiunville, su hijo, visitó La Habana con dicha encomienda.

Vive, en La Habana, María antonieta de Francia. El imaginario popular sitúa su arribo a fines de la década de 1920. Vestida de blanco, deambula sin cabeza por el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio de La Habana. Nadie ha conseguido hablarle. Es extremadamente asustadiza y huye ante los extraños. 

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