Cuba se precia de una inagotable y atesorada mezcla de riquezas humanas. Una raíz nutrida por culturas diversas y profundas ha trascendido en lo que somos hoy: un país extraordinario al que muchos ansían conocer y otros no pueden privarse de visitar año tras año.
Francia, esa nación atrayente y estimulante como lo es la belleza, una vez compartió con Cuba proyectos de vida y su impronta carismática marcó algunas ciudades; afrancesó algunos gustos; enriqueció ciertas danzas y plantó, para siempre, curiosos sabores en este paladar caribeño. Sueños, esencias, deseos y elementos culturales que se fusionaron, dieron origen a increíbles símbolos que, aun con esencia francesa, son genuinamente cubanos.
Algunos nacieron de esta unión fortuita y oportuna, en esta porción de tierra fecunda. Clima, ocasión y fertilidad dieron lugar a la génesis del gusto por el café; transformaron y enriquecieron el baile; dieron a la arquitectura un matiz peculiar e iluminaron la naturaleza pictórica cubana.
Ligada a sabores y aromas que nos identifican, nuestra insularidad está marcada por detalles muy sensoriales. Fueron emigrantes franceses quienes introdujeron el hábito del consumo del café hace más de dos siglos. Y con ese aroma sugestivo que despierta el deseo de saborearlo, inevitablemente, esta bebida es, desde entonces, parte de la cotidianeidad del cubano. Ese «buchito» de café del que muy pocos en Cuba se abstienen, marca el comienzo del día; el cierre de una exquisita comida; una conversación entre amigos o la iniciación de un romance.
El son, la habanera, el danzón, el danzonete, el mambo, la trova, el bolero, el chachachá y la salsa cubana actuales tienen sus raíces musicales en las primitivas contradanzas francesas que, oportunamente, se fusionaron con los bailes africanos y españoles. Y de aquellas danzas originarias que se arraigaron, todavía se conserva, en algunas zonas de las provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo, la Tumba Francesa, categorizada por la UNESCO, en 2003, como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Las ruinas de las antiguas plantaciones cafetaleras, las bellas artes, la cultura culinaria, la música y otros muchos detalles, perdurables, de manifestaciones artísticas, han permanecido cual locuaces testigos de una historia que se afilió, indisolublemente, a la nacionalidad cubana.
La herencia francesa se palpa en la cultura en general y en muchas de las tradiciones de esta magnífica Isla, pero por sobre todas las cosas, se manifiesta, constantemente, en aroma y gusto; en disfrute y complicidad; en esta Isla toda cuando, en cualquier sitio de su maravillosa geografía, se cuela y saborea, un cubanísimo “buchito” de café.










