EL MUSEO NAPOLEÓNICO DE LA HABANA ES UN REFERENTE OBLIGATORIO PARA AQUELLOS QUE QUIERAN MIRAR MÁS DE CERCA AL HOMBRE QUE RIGIÓ DURANTE UN CUARTO DE SIGLO LOS DESTINOS DE LA EUROPA DECIMONÓNICA.
Con cierto grado de asombro e incredulidad los turistas extranjeros, fundamentalmente de origen europeo, traspasan el umbral del Museo Napoleónico de La Habana para descubrir la omnipresencia de quien, en vida, fuera una leyenda por su genio militar y visión política, además de ser mecenas de grandes artistas, científicos y literatos. Y es que puede parecer paradójico que en Cuba, isla caribeña que nada o casi nada tuvo que ver con las sagas napoleónicas en el Viejo Continente a fines del siglo XVIII y principios del XIX, se encuentre una de las mayores y más completas colecciones en el hemisferio occidental del primer emperador de los franceses: Napoleón bonaparte.
Situado en las esquinas de Ronda y San Miguel, a un costado de la universidad de La Habana, el museo fue originalmente la casa del diplomático ítalo-cubano Orestes Ferrara, quien además de bautizarla con el sugestivo nombre de la Dolce Dimora(la Dulce Morada), demandó a la reconocida firma de arquitectos Govantes y Cabarrocas, que la diseñaran tomando como inspiración el modelo florentino de la Italia del Renacimiento.
Una vez concluida, en el trienio de 1926 y 1929 del siglo XX, la Dulce Morada hizo honor a su nombre, si bien no pudo sustraerse completamente a la influencia del eclecticismo imperante en la Isla. La diversidad de los materiales utilizados en su construcción, así como la combinación armónica de formas y estilos, así lo demuestra; aunque también le sirvió a su dueño para lucir el poder alcanzado en las primeras décadas republicanas.
Con el triunfo de la Revolución en enero del 59, la Dulce Morada pasó a ser parte del patrimonio de la nación y fue escogida en 1961 por el Gobierno Revolucionario para atesorar y exhibir las más de siete mil piezas coleccionadas metódicamente en su mansión de 11 y 4, en el Vedado capitalino, por Julio Lobo Olabarría, hacendado cubano de origen judío, quien hizo fortuna con el azúcar y dedicó gran parte de sus ganancias a una afición que algunos contemporáneos no dudaron en llamar como “el complejo napoleónico de Julio Lobo”.
En el año 2005, después de haber sido traspasado al sistema de museos de la Oficina del Historiador de La Habana, el Napoleónico cobró nueva vida gracias a un minucioso proyecto de restauración capital que abarcó desde los jardines y exteriores del inmueble hasta sus cuatro pisos con sus respectivos techos, paredes, colecciones y decorados interiores. una vez finalizada la renovación, en el año 2011, la encargada de develar el nuevo rostro de la institución al público habanero fue alix de Foresta, princesa Napoleón, viuda de Luis Marie bonaparte, descendiente del rey Jerome, hermano menor de bonaparte;
mientras que por la parte cubana el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, pronunció las palabras de bienvenida en la reapertura del inmueble.
En una época previa a la invención de la daguerrotipia y el cinematógrafo de los hermanos Lumière, las pinturas y esculturas eran las encargadas de transmitir la propaganda oficial y los estados anímicos de los gobernantes. Por eso, entre su vasta colección, el Napoleónico presenta al público el retrato hecho por andrea appiani cuando el más famoso de los bonaparte era un ambicioso cónsul lleno de proyectos; mientras que la pintura de Jean Vivert lo muestra más calmo, sereno y seguro de sí mismo en medio de los preparativos para su coronación. Igualmente, esculturas como Napoleón vestido a la usanza de los emperadores romanos, o durante el destierro en la isla de Santa Elena, forman parte del patrimonio expuesto por el museo: en la primera, posa para el artista como un semidiós triunfante; y en la segunda, se metamorfosea en un mortal que nos recuerda su antiguo poder, con un puño cerrado sobre el mapa de Europa.
Pero además de la vasta exhibición, que incluye entre otras piezas, pinturas, esculturas, armas, vestuarios, heráldica y vajillas de porcelana, las cuales nos muestran, casi siempre, una visión arreglada de lo que el emperador quería que viéramos, el Napoleónico se reserva otras sorpresas para quienes gustan de hurgar en las cosas más mundanas, íntimas y hasta cotidianas de las grandes personalidades. Las personas curiosas e interesadas por el Napoleón humano, sin duda se sentirán complacidas con la colección de objetos personales exhibidos por el museo, entre los que destacan la pieza dentaria (muela), un mechón de cabello, varios relojes de bolsillo, un cepillo, el orinal bañado en oro y la mascarilla que le hiciera su médico de cabecera, Dr. Francesco antommarchi, tras su deceso en la isla
de Santa Elena.
Otro sitio donde se puede buscar al genial estratega, ávido de conocimientos sobre los misterios de este y del otro mundo, está en el cuarto piso del museo. allí se encuentra la biblioteca, de techo y muebles hechos con maderas preciosas cubanas, y privilegiada con una de las mejores colecciones de libros que disertan sobre la vida y obra del primer emperador de los franceses, en varios estilos e idiomas.
A un año y tres meses de conmemorarse el aniversario doscientos de la famosa batalla de Waterloo, el Museo Napoleónico de La Habana es un referente obligatorio para aquellos que quieran mirar más de cerca al pequeño gran hombre que rigió durante un cuarto de siglo los destinos de la Europa decimonónica. En cada piso y pieza del museo se respira aún su presencia, al punto de formar parte del mito que perdura más allá del tiempo y del espacio; incluso en tierras tan lejanas que, ni en sus sueños de grandeza, imaginó conquistar.










