TRINIDAD, RESGUARDADA POR MONTAÑAS Y MAR, LUCE LOS ORNAMENTOS QUE EL ESFUERZO COLECTIVO DE SU PUEBLO HA ATESORADO DURANTE CINCO SIGLOS. ARQUITECTURA Y TRADICIONES LA CONVIERTEN EN UN MUSEO VIVIENTE, MATIZADO POR LA CONTEMPORANEIDAD.
La región trinitaria está situada al pie de las últimas estribaciones de la Cordillera del Guamuahaya: los cerros de La Vigía y La Popa, y surcada por ríos, como el caudaloso Agabama, el Táyaba, el Caballero y el histórico Guaurabo, y sus costas son bañadas por las aguas del mar Caribe, hechos que la convierten en una de las más bellas de Cuba. Encierra, entre sus viejas casonas y empedradas calles, eslabones que conforman la historia patria.
La primera mirada de los europeos a nuestras costas fue la del Almirante Cristóbal Colón, durante su segundo viaje al llamado Nuevo Mundo, el 3 de junio de 1494. Ancló sus naves en la bahía del Masío, al este de Casilda, donde estaba asentado el poblado indio de Auhaxama, y continuó por nuestras costas hacia el oeste.
Trinidad, en ese entonces, estaba poblada por los taínos, de una cultura superior a los siboneyes, que habían llegado a la región, unos 500 años antes que los conquistadores. Eran ceramistas-agricultores, descendientes de los aruacos, procedentes de la desembocadura del río Orinoco, quienes se asentaron en la franja costera desde el Masío hasta Jagua, y en las desembocaduras de los ríos y sus alrededores.
Dispuesta, en 1510, la conquista de Cuba por el Virrey de las nuevas tierras, don Diego Colón, el Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar llegó con veinte hombres a la desembocadura del río Guaurabo, en la ensenada de La Boca, el 23 de diciembre de 1513, y a instancias dela indiada remontó el río y siguió un trillo hasta llegar a los poblados de Mancanilla o Macaula, a la que llamó Manzanilla, Manatiguahuraguana y Caracamisa.
Fue acogido amablemente y, días después, continuó hacia la bahía de Jagua para encontrarse con el resto del contingente expedicionario. A principios del mes de enero de 1514, en un lugar conocido por Auras, a orillas del río Arimao, instauró la Villa de la Santísima Trinidad, la tercera de las fundadas por los conquistadores. Poco fue el tiempo que se detuvo en el lugar escogido.
Decidió retornar al lugar, donde por vez primera estuvo,considerando, quizás, que era más abundante en oro,de fértiles tierras, clima fresco y saludable, donde hoy se asienta la ciudad. La misafundacional, escuchada por indios y conquistadores, según la tradición histórica, fue ofrecida por fray Bartolomé de las Casas bajo la sombra de un frondoso jigüe, donde hoy se cruzan las calles de Boca y Real.
A fines del siglo XVIII, comenzó a tomar auge la industria azucarera. Aparecieron los primeros cachimbos que se convirtieron, con el paso del tiempo, en grandes ingenios. La trata negrera se acrecentó. Los antiguos traficantes se formaron la poderosa sacarocrasia trinitaria. En las primeras décadas del siglo XIX, las empolvadas y enlodadas calles fueron empedradas.
Se construyeron los grandes palacios alrededor de la Plaza Mayor, como el Palacio de Brunet, actual Museo Romántico; los de la familia Sánchez-Iznaga, hoy Museo de Arquitectura; la del yanqui españolizado Juan Guillermo Béquer Smith, actualmente en ruinas; la casa del Regidor José Rafael Ortiz y Pérez de Corcho; los de Cantero e Iznaga, con tallados de madera, pinturas murales con balaustres de madera y enormes rejas de hierro; y la Iglesia Mayor, donde se conserva el Santo Patrón de la Ciudad: el Cristo de la Veracruz. En 1840, se construye el Teatro Brunet, para emular con el Tacón de La Habana. A su vez, se desarrollaron el arte, la ciencia y la cultura.
En el Valle de los Ingenios, que comprendía el de Santa Rosa, San Luis y las llanuras del Agabama y Meyer hasta llegar a las costas, llegaron a establecerse 56 ingenios, donde laboraban unos 11 700 esclavos en la siembra y corte de la caña, y en la producción del azúcar. En 1827, el ingenio Guáimaro, propiedad del célebre don Mariano Borrell, Marqués de Guáimaro, llegó a obtener la mayor producción mundial: 82 000 arrobas de azúcar mascabada (envasada junto con su melaza) y prensada.












