Las piedras cuentan su historia
Una cruz a la sombra de un jigüe recuerda el sitio donde se ofició la misa. Cuando recorres esta antigua ciudad, te impresiona haber retrocedido a su pasado colonial y al contemplar sus calles empedradas, a las piedras, que han sido testigo de tantos acontecimientos, piensas en las historias que ellas te pueden contar y te emociona descubrirlas, mientras caminas con ellas, sobre ellas, por sus numerosas plazas, para desempolvar las conservadas con tanto celo en su media docena de museos, palacios y en las amplias y frescas mansiones de los siglos XVIII y XIX, en las cuales predominan las balaustradas, barandas y rejas admirablemente trabajadas en metal, los techos de tejas criollas, donde respiras la misma atrayente atmósfera, que en siglos pasados atrajo a viajeros eminentes como el sabio alemán Alejandro de Humboldt.
Con el desarrollo económico y esplendor alcanzados era necesario buscar alternativas que permitieran mejorar las vías de acceso y tránsito dentro de la ciudad y es así como comienza el empedrado de sus calles, que se inició en 1820, empleando la tradición española, pero fue un trabajo extenso, que requirió 20 años, a pesar del impulso dado por el Teniente Gobernador Pedro Carrillo.
Existen diferentes criterios de los vecinos e investigadores sobre el empedrado de esas calles, una que plantea que fue un trabajo realizado por los esclavos, y las piedras mpleadas para el mismo eran las conocidas como chinas pelonas, traídas como lastres de los barcos y quizás así fuera en los primeros tiempos, pero el número de calles empedradas era significativo, lo que nos hace pensar en la imposibilidad de que todas fueran importadas.
Asumimos que se utilizaron las traídas de ríos y arroyos pertenecientes a la región, mientras que la mano de obra que se empleó fue la de los maestros canteros, cuyo pago salió del dinero donado por las familias ricas residentes en la comarca y como ayudantes tuvieron a los presos, sin recibir pago alguno, y los esclavos, sobre todo en el frente de las casas de sus dueños, quienes los ubicaban allí para garantizar un mejor trabajo.
Los maestros canteros utilizaron en la construcción de las calles un pisón para fijar bien las piedras, y para la unión de ellas usaban un tipo de tierra peculiar. Las piedras eran muy parejas y las calles tenían una caída hacia el centro, con el fin de que cuando lloviera, el agua pudiera fluir bien.
En 1864, comienza el proceso de construcción de aceras sobre el empedrado, pues este llegaba hasta las paredes de las casas, y no es hasta 1974 que se construye la escalinata donde se emplearon las piedras traída del Valle de los Ingenios.