Un país insólito, un archipiélago extraordinario, pleno de bellezas naturales y personas increíbles. Su ubicación, al centro de las dos Américas, lo ha beneficiado desde siempre. Punto de encuentro y de recalo, Cuba ha sido refugio y defensa, amor y naufragio, mezcla y amasijo de identidades que le tallaron el alma heterogénea y magnífica que la convirtió en la tierra sorprendente que es hoy.
A ella arribaron indígenas, náufragos, corsarios, aventureros, idealistas, conquistadores, personajes todos que llegaron para quedarse. De muchas regiones se fundieron culturas e idiosincrasias distintas y lejanas, formando un ajiaco multirracial que partió del blanco español y del negro africano y vino a ser aderezado —para darle sabor a la mezcla metafórica—con un poco de chinos, franceses, haitianos, judíos europeos, dominicanos, indios y norteamericanos, quienes se integraron, apetitosa y socialmente, al sabor de la cubanía más auténtica.
El resultado de todo esto fue el cubano: un ser singular y carismático. Abierto, espontáneo, alegre, soñador y lleno de esperanzas. El cubano es, por naturaleza, cálido como las bienvenidas, y Cuba es, en medio del Caribe, un lugar ineludible de arribo, de estancia y de recuerdos indelebles. La Habana, su capital… una ciudad abierta al mundo, auténtica y, desmedidamente, contrastante.











